MI OPERACIÓN

Hace 2 meses que me realizaron una sigmoidectomia con laparotomía. Para entendernos: “me abrieron 30 cm de abdomen para cortarme un trozo de colon”. Quiero agradecer el interés que habéis mostrado hacia mi estado post operatorio.

Cuando expresamos y oímos tantas veces:”lo importante es la salud”, se corre el riesgo de que se convierta en un tópico más. Sin embargo cuando ésta se va deteriorando adquiere ese primer puesto en nuestras preocupaciones.

Tengo que señalar que he sido un quejica. Creía que era más fuerte. Me ilusionaba poder ofrecer a Dios los malos momentos que se acercaban; y sí que he ofrecido, pero la ilusión huyó pronta y asustada. Recuerdo que nada más despertar de la anestesia sentí un fuerte dolor que me costaba controlar, tenía la sensación de que me estaban mordiendo por dentro del abdomen. Enseguida me administraron morfina, que me acompañó durante tres días, aún así no lograba calmarme.

Todo este estado me llevó en primer lugar a ofrecer al Señor estos malestares, son muchos los que me pidieron oraciones y eso hice. Tenía tiempo para pensar en cada uno personalmente, y este fue mi primer consuelo. Evidencié que la Fe, junto a la libertad son los mayores dones que Dios nos puede dar. La Fe, además de acercarte a Dios hace sentirte unido a todos. Que en los picos de desesperación, allí salía el sol para ver con claridad que era una ocasión única de pedir, de reparar de ofrecer, por los demás.

Aunque esa luminosidad, en mi caso, durara poco y me empeñara en centrarme de nuevo en mi herida.
Otro de los puntos que a menudo se presentaban en mi mente, fue sobre quién sufría. Me sentí mal, una sensación de egoísmo me invadió. Hice mi gran descubrimiento: ¡SOY UN QUEJICA! Qué fácil resulta ofrecerse en palabras, para sufrir; qué fácil es ofrecerse en palabras para humillarse; qué fácil es ofrecerse en palabras para el martirio… Llega una intervención quirúrgica y adquiero el papel de los apóstoles ante el prendimiento de Jesús : ¡la huida!. Entonces me preocupé de pensar en la cantidad de gente que está postrada en cama de por vida, en los heridos de las guerras que no tienen comodidades en el hospital, ni morfina, ni calmantes, ni una atención sanitaria digna. Pensé en tantos niños que viven en el miedo y la angustia, que no saben cuando acabará su dolor. Medité en el sufrimiento moral de muchos, a veces más doloroso que el físico. En tantos y tantos enfermos que soportan en silencio su enfermedad y que ellos sí ofrecen de verdad sus desconsuelos.

Cada vez estoy más convencido de que muchos debates a favor de políticas de muerte, tras los intereses económicos, se esconde el horror a enfrentarse al padecimiento.

En fin, he utilizado mi operación con el deseo de que reflexionemos sobre nuestros ofrecimientos al Señor. Que vengan siempre acompañados de un:”dame el valor y la alegría para hacerlo”. El nos enseñó su miedo en Getsemaní, pero también su Confianza.

Y lo más importante: La alegría de su Resurrección. Entreguemos, tantas cosas que el día a día nos ofrece (sobre todo en nuestra relación con los demás)sí, hagámoslo por todos los que soportan la carga del dolor y en concreto por todos los que no saben sufrir, entre ellos la sociedad actual.

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