Envidia


Nos resulta fácil hablar del amor, sobre todo a nosotros los católicos, que tenemos un concepto más valioso de esta palabra. Y tenemos claro el significado de pecado, sabiendo que éste nos aleja de Dios. Y nos resulta facilísimo decir que somos pecadores, tanto que hasta parece deleitarnos en esta atribución. Nos escondemos bajo una falsa humildad. Buscamos la alabanza, y cuando ésta llega, ocurre que también nos sentimos molestos escuchándola, como si fuéramos conscientes de que no la merecemos. Cuando ésta se vuelca hacia otros, es fácil oír: “Si, pero tú no sabes…”. La crítica, la murmuración, se apoderan inmediatamente de nuestra boca para atacar sin piedad a quien ha sido beneficiado con algo que anhelábamos nosotros.

Es fácil hablar de la envidia de cosas materiales, y es tan fácil, que ni siquiera se habla. Pasamos directamente a la acción y nos ponemos a encontrar defectos por todas partes. El “Yo”, adquiere gran relevancia: “ Yo hubiera ido a…, yo elegiría…, yo no lo hubiera hecho…, yo ya lo probé…” La codicia y la concupiscencia nos hace entrar fácilmente en el terreno de la envidia.

El significado de la palabra envidia, manifiesta claramente su intención: mirar con malos ojos. Tristeza ante el bien ajeno .Forma parte de la rutina, confesarse de criticar, de murmurar, de hacer juicios temerarios…, Está en nuestra condición de pecadores. Pero hablar de envidia…. suena como más fuerte , como si fuera más grave.

Rebajar la fama y la dignidad humana, sentir celos, desprecio. Buscar incansablemente lo malo de la persona, todo esto hace sentirnos ruines y miserables.Es una enfermedad del alma. ¡Cuánto mal proviene de una actitud envidiosa! no por nada es uno de los pecados capitales. Que decir, si hablamos a nivel profesional, en esta sociedad tan competitiva. Nos importa un pimiento cargarnos al otro, con tal de alcanzar puesto y fama.

La envidia fomenta la crítica y ésta arrastra consigo, la murmuración, la destrucción de la reputación llegando a la calumnia, donde se acusa falsamente con la intención de dañar. Y todo esto, no hace más que corroer nuestro interior. Pero como decía al principio, la envidia no se limita a las posesiones y adquisiciones materiales, hoy más que ayer, se ceba en los valores morales que posee la otra persona.

Las gracias y dones que Dios concede a cualquier conocido nuestro, tendrían que suponer una inmensa alegría, y esto no sucede siempre. Y nos entristece, porque creemos que la vida espiritual, la vamos adquiriendo con nuestro esfuerzo y voluntad propia, olvidando que:” Sin Dios no podemos hacer nada”. Nuestro empeño y constancia a menudo, corresponde a un voluntarismo que encierra orgullo y vanidad, por eso no alcanzamos la paz interior que anhelamos, por eso las alegrías de los demás ,causan tristeza a nuestra alma y nos repugna el tener que reconocer, nuestra caída en las redes de la envidia.

La envidia es un gran obstáculo para ser felices. Escribía Séneca: “Contentémonos con lo nuestro, sin hacer comparaciones; nunca será feliz aquel a quien atormente que exista otro más feliz que él”

Seamos personas positivas, que juzgan con amor, que se alegran con todo lo que es bueno, con todo lo que hace bien a los demás. Es tan fácil equivocarse de juicio, que no vale la pena emitirlo. Debemos orar para que Dios nos haga capaces de amar más, con un corazón limpio y abierto, para poder mandar a volar a la envidia. Debemos, aparte de orar, también con nuestras acciones y actitudes promover donde nos movamos, un mundo donde reine la entrega al otro, y no solamente un mundo donde se esté esperando siempre que a mí se entregué el otro.

La envidia es un mal que, en mayor o menor medida, nos afecta a todos en algún momento de nuestra vida. Es un gusano que corroe y que conviene eliminar cuanto antes y cerciorarse que las larvas que quedan no vuelvan a crecer, tanto que nos ahoguen. La confesión es un buen matabichos. Desgraciadamente a este respecto, de la envidia “propia”, todos, tenemos mucho que limar.

No debemos dar tanta importancia a ciertas cosas o a ciertas palabras, sin importancia, que después se lleva el viento, sin antes, pensar que podemos hacer por las personas, como podemos cambiar su actitud, como podemos volcar nuestro amor en ellas. Esa es caridad de la buena, el único antidoto eficaz, contra la envidia y contra otros muchos males. Dar amor, donde no hay amor, para sacar amor; esa es la clave, no hay otra.

5 comentarios:

  1. Como siempre magistral Angelo.
    Perfecta la definición del mal del mundo y de nosotros mismos.

    Un cariñoso saludo :)

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  2. Muchisimas gracias!!
    Interesante y acertada reflexion, donde todos, de una manera o de otra podemos vernos reflejados. Somos asi de frágiles y dèbiles, nunca podemos dejar de mirar al cielo implorando piedad y misericordia.

    Un abrazo!

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  3. Que mala consejera es la envidia y que extraordinario es el Amor.......un texto estupendo con unos consejos muy buenos para nuestra propia vida.Saludos

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  4. http://arcendojr.blogspot.com.es/
    Un saludo.

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  5. Hola Angelo!! Pues si...todo lo que se diga sobre la envidia y sus consecuencias es poco!! He tenido el don de tener una madre muy poco envidiosa, y que se alegraba enormemente con las alegrias de los demas...si he visto la envidia que ptros le tenian...eso si!! Pues creo que no es facil aceptar ver al otro feliz y sobre todo cuando se contenta con poco....pasa a veces por imbecil...
    En fin te tengo como a todos en mi rosario...para que el Señor nos vaya puliendo y haga Pascua con nosotros!!! un abrazo

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