Equivocándome


Hace unos días recibí una sacudida. Leía el pasaje donde Jesús recrimina a los que le habían invitado, por juzgar el acto de una mujer pecadora que le lavaba los pies con sus cabellos. Les hace notar su falta de cortesía con el  convidado y alaba el gesto amoroso de quien se siente pecadora.

Y es que la palabra de Dios hay que leerla muchas veces, porque es la Palabra de un enamorado hacia sus criaturas, y en ella, nos canta su amor, nos enseña, nos advierte, nos protege, nos alienta, nos consuela… nos corrige . Todo por amor y para amarle. Una pareja de enamorados que se envían cartas, nunca se cansan de leer una y otra vez lo mismo, y una y otra vez descubren algo nuevo.

Pues así  ha ocurrido en la mañana en la que escribo este post. Y si tuviera que resumir lo aprendido, lo haría en una sola frase: “Sigo sin saber ver a Jesús en el otro”. Os cuento.

Haber trabajado  en un centro sanitario en el turno de noche, te hace topar con algunas personas deambulando por los alrededores del hospital, buscando no sabes muy bien el qué. Unos pidiendo a los que esperan en las salas de espera, unos céntimos para sacarse un café, otros, recogiendo las colillas que encuentran por el suelo, alguno que se queda en un banco de la calle para dormir, el que se cuela en los lavabos para asearse, o el que se pasa la noche , discurriendo arriba y abajo, sin saber cuándo parará.

También aparecen de vez en cuando, los que padecen trastornos psiquiátricos, y los que esperan impacientes que amanezca, para recoger su dosis de metadona. Así que la mayoría se convierten en caras familiares para los que trabajan en el centro.

Recuerdo en especial en mis últimos meses de trabajo a un joven, que venía a menudo, y en poco tiempo había sufrido una transformación física brutal. El deterioro en todo su cuerpo era patente. Cuando lo vi por primera vez estaba corpulento y me convertí en  observador de su decadencia corporal. Nunca hablaba, pero sí me saludaba con la cabeza cuando  entraba al vestíbulo a sacarse un café con los céntimos conseguidos. Uno más que se dejó arrastrar por el mundo de la droga. Por su aspecto apostaba a que su vida no se alargaría mucho más. Ya he sido testigo de unos cuantos, con esa misma apariencia, exhalar su último aliento en la sala de urgencias.

Decía que no sabía ver a Jesús en los demás todavía, porque hoy me he dado cuenta, después de haber visto  lo que he visto, lo mucho que aún me cuesta amar al prójimo. Os ofrezco los resultados de mi reflexión: Ni siquiera una vez, intenté hablar con el joven y deteriorado visitante, y así con el resto de ambulantes nocturnos. No se beneficiaron de una sonrisa mía, ni se me ocurrió ofrecerles el café que mendigaban, dejándome llevar por el consejo de los de seguridad, de que si un día lo hacía, los tendría siempre allí pidiéndomelo. Empiezo a pensar que esa excusa me vino muy bien para tranquilizar mi conciencia. Pero hoy, el pasaje evangélico donde Jesús reprende a los que le han invitado, se ha hecho presente en mí.

He ordenado mi habitación, me he aseado y he salido para asistir a misa. Al entrar en la iglesia, me llama la atención, la silueta de alguien, que me resulta familiar y que se dirige hacia el lugar donde se encuentra una imagen de Cristo crucificado a tamaño real.  A medida que se acerca, reconozco esa figura. Es el joven drogadicto que venía por las noches al hospital. Su gorra de béisbol me lo confirma. Y entonces veo algo que me sacude profundamente. Al llegar a la imagen de Jesús, lo abraza a la altura de las rodillas, se queda allí estático y lo besa sin cesar, cierra los ojos, calla y continúa abrazado, sin importarle las miradas ajenas… Zas… menudo zarandeo  siento en mí.  No quiero perderme la escena, y la contemplo avergonzado, ante mis omisiones, experimentando un momento de gran amor, entre Jesús y el joven drogadicto.

No he podido pensar en otra cosa durante  el rato de oración antes de la misa. ¡Cuántas veces me quedo en lo superficial!

No necesita más comentario mi anécdota. No siempre situamos bien los personajes del evangelio. Es fácil reconocernos, en el hijo pródigo, pero muy pocas en el  fariseo que limpia su copa por fuera.

Que el Señor nos enseñe a caminar por el camino de lo profundo, a no quedarnos con la fachada de las cosas. Pidamos amar sin medida a todos, porque en todos está ÉL.

6 comentarios:

  1. Tienes razon Angelo! Yo tambien entono el "mea culpa" por tantas omisiones.

    Gracias por tu reflexión, eres un valiente, ademas de muy sincero. Un beso!

    ResponderEliminar
  2. Es increíble, llegar a reflexionar así ¡¡
    Me impresiona tu profundizar. Te agradezco en el alma ese acercamiento del pasaje del evangelio desde el otro lado.
    Ozuuu, cuántas veces me ha pasado a mí eso¡¡¡
    Rezo para q todos podamos abracerle cómo aquel joven drogadicto, con una gran necesidad de que le den otra oportunidad ¡¡ Un gran abrazo

    ResponderEliminar
  3. La Providencia divina nos envia hoy otra carta del Señor presente en la liturgia de hoy, en la que Ell mismo nos pide que "No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros".. Pidamosle la gracia de mirar a las personas con unos “ojos” evangélicos, libres de “vigas” y trabas... Hoy, el Señor nos pide que llenemos de amor todas nuestras relaciones....¡Hagámoslo!
    ¡Que Dios te bendiga hoy!!

    ResponderEliminar
  4. Me uno a tu oración de petición pues me hace mucha falta.Saludos

    ResponderEliminar
  5. Estimado Ángel después de leerte tranquilamente me hago una reflexión. ¿Quién soy yo para juzgarte?¿Por qué miras la paja que tu hermano tiene en su ojo y no te fijas en la viga que tienes en el tuyo?"

    Sin embargo nos pasamos la vida juzgando a los demás. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar al otro? No hay dos personas iguales. Nuestros valores son diferentes, nuestras prioridades, nuestra cultura. Cuando juzgo a alguien lo hago desde mi forma de pensar, desde lo que yo creo importante. Esto me hace ser claramente injusto. Además nos falta información. No conocemos la vida, las circunstancias del otro. No sabemos qué le ha conducido a comportarse de una manera determinada.
    Nuestros medios de comunicación ejercen constantemente la crítica. Esos famosos tertulianos que se atreven a opinar de todo. Haced la prueba de pasar por tertulias de diferentes medios que hablen de la misma persona y del mismo hecho. Nunca coinciden, porque en sus juicios influyen su cultura, su ideología, su color político...
    Jesús nos dice hoy, que nadie es perfecto y que es mucho más sano juzgarse a uno mismo, que juzgar a los demás. Nadie es perfecto y cada uno de nosotros sabe de qué pié cojea. En vez de juzgar, es mejor ayudar al otro a reflexionar, a conocerse. En vez de mirar los defectos de los demás, es mucho más positivo analizar en qué fallamos nosotros e intentar mejorar cada día.

    Un fuerte abrazo. Gracias por seguir escribiendo.

    ResponderEliminar
  6. Hola Angelo....sabes que me ayudas tanto con tus entradas....Y si, es una gracia ver a Jesus en el otro...pero aunque me gustaria verlo mas si que lo he visto tantas veces....La verdad, me ayuda la Fe a ver la Viga de mi ojo....y a medida que la voy viendo la paja del hermano es mas pequeña..y a veces ni reparo en ella...pues por sus debilidades me veo a mi misma, y cada vez mas claramente...Todo es Gracia.
    Espero que estes contento hoy, dia de S Juan...celebraremos este santo porque tengo un Juan en casa!! un abrazo

    ResponderEliminar