La grandeza de la vida


Existen ocasiones, en las que percibo la sensación, de que mi interior no es lo suficiente grande para albergar tanto movimiento de sentimientos y emociones. Hay que detenerse y poner orden a tantas idas y venidas. Las imágenes del pasado y la ignorancia del futuro, nos hacen a veces salir de nuestra realidad que corresponde al presente. ¿Quién ha visto cumplidas todas las expectativas que día a día se marca? ¿Cuántos cada mañana al levantarse piensa que esa jornada puede ser diferente? ¿Que nos deparará? No solemos pensarlo. Damos paso a la rutina.

Saltamos de la cama o eludimos mirar el reloj que nos avisa de que una nueva jornada empieza. No esperamos nada nuevo, pero sí se tiene la sensación de temor a lo que el día pueda ofrecernos. Si hemos dormido bien tal vez sepamos empezar con un guiño al primero que encontramos, si en cambio, el reposo se ha batido en lucha con otro competidor que ha vencido, evitamos que alguien nos atosigue. Anhelamos que nada ni nadie nos aparte del automatismo habitual. Actuar de forma establecida, como si todo estuviera programado. Un día, y otro, y otro… y me pregunto “¿Qué estoy esperando cotidianamente? ¿Qué demanda mi corazón? ¿Cuándo estaré saciado?...”

Al salir a la calle de tanto en tanto, advierto una cara conocida, y me quedo atónito al comprobar que soy capaz de identificarla comprobando que hace muchos años que no veo ese rostro. Tantos que tengo que remontarme a mis cursos de primaria y situarla entre mis compañeros de clase, es entonces cuando se apoderan de mí algunas preguntas: “¿Se habrá casado? ¿Tendrá hijos? ¿De qué trabajará? ¿Será feliz?, ¿Amará a Dios? ¿Tendrá fe?

La incógnita a veces hace que no siempre entable un coloquio con la persona que me topo. La imagen de ternura infantil ha desaparecido y los nuevos rasgos de adulto no siempre invitan a que se produzca. Otras sin embargo, tengo la oportunidad de trabar conversación con quien encuentro y recibo de forma comprimida la información de mucho tiempo. Mutuamente queremos ponernos al corriente. Buscamos compartir las alegrías si las tenemos en ese instante, o las amarguras por las que podamos estar atravesando. Una cosa es cierta, siempre quedo sorprendido. Unas veces por lo bueno participado y otras por las desgracias que se me presentan.

En mi mente permanece durante un tiempo todas las frases que he intercambiado e inevitablemente caigo en la tentación de comparar mi vida con la suya, ¿por qué?... ¿Me ha ido mejor o peor? ¿He encontrado o no lo que pretendía?... Olvido fácilmente que cada uno tiene su dignidad y que las circunstancias que se cruzan en nuestras vidas pueden hacer que en un momento tengamos la sensación de haberla perdido. Pero eso nunca ocurre. ¡La tenemos!

En estos encuentros se abre - cada vez más - una visión nueva de las cosas. Evidencio como el tiempo ha pasado velozmente, que lo vivido ha podido ser intenso, emocionante, divertido, sufrido, decepcionante, arrebatador, irrepetible, pero realmente efímero. Crezco y ratifico la caducidad del tiempo, de las personas, de las cosas.

Cada vez aumentan más los pésames que tengo que dar, cada día descubro que en mi cuerpo se instalan más dolores y molestias. Aparecen enfermedades que desconocía o que solo achacaba a individuos mayores que yo. A veces basta mirar el rostro del amigo o conocido, para darse cuenta que nuestra armadura se ha deteriorado.

Veo un niño que ha nacido y pienso que en muy poco tiempo estará planteándose alguno de mis interrogantes. ¡Qué hoja en blanco supone un bebé que acaba de venir a este mundo! ¿Quién empezará a escribir en ella? ¿Quién hará que ese folio vaya convirtiéndose en parte de un gran libro?

Veo un anciano que poco a poco va apagándose y me planteo “¿qué habrá vivido?” Veo en él, folios y folios llenos de experiencias, hojas ya gastadas, tinta ya descolorida, algunas se han perdido, ya no se recuerdan, otras se han roto, habían demasiados tachones, demasiadas manchas para poder ser leídas. Las más recientes, son las más bellas, hay serenidad, hay compasión, ternura y comprensión. Los que están pasando por este momento de su vida, seguro que se plantean los aciertos y los fallos cometidos, ven cerca su ocaso y su madurez les ha llevado a una riqueza humana que muchos hoy desprecian y tiran. El tiempo ha reblandecido su corazón y lo ha dispuesto para amar mejor. El puzzle de la vida está cercano a terminarse para poder contemplar su belleza o fealdad.

La grandeza de la vida, momentos en los que todo lo maravilloso pasa a nuestro alrededor y a veces, ni nos damos cuenta. La vida es una oportunidad extraordinaria, de compartir, de aprender, pero el tiempo es finito y no podemos perder un solo segundo.

Contemplo un amanecer en el niño que nace, y un atardecer en el anciano. En los dos veo al mismo sol, pero la luz que da a cada uno es diferente. No puedo elegir cuál de ellas es la más bella. Los dos paisajes son espléndidos.

"Abandonas el pasado a la misericordia de Dios, confías el porvenir a su providencia, y te queda tan solo el instante presente, único lugar de tu comunión con Dios, si te abandonas a su voluntad. El momento presente es el punto de inserción de Dios en tu vida y la fuente de tu oración continua. No te preocupes por el porvenir, pues es tomar el puesto de Dios -dice Teresa de Lisieux- y ponerte a crear". (Jean Lafrance)

3 comentarios:

  1. Hola. me encantaron tus palabras porque es esencial que valoremos nuestra vida y que no perdamos el tiempo. Acabo de descubrir tu blog y me gusta mucho la variedad de temas que tratas. También tengo hijos y en este momento tengo un blog dedicado a los jóvenes y Educación que te invito a visitarlo: http://cativodixital.blogspot.com.es/ . Si quieres seguimos en contacto. Yo ya me hice seguidora de tu blog.

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  2. Un escrito muy profundo que nos ayudará a reflexionar.Saludos

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  3. Angel, ya se te nota que pasas de los cincuenta... Muy buena la reflexión.
    Un abrazo en Cristo.

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