En las palmas de mis manos


Anteayer leí unas palabras que no eran nuevas para mí, pero como suele ocurrir en tantas ocasiones, las mismas palabras en el día adecuado, producen el efecto por el que fueron escritas. Es como cuando vas en el coche y te das cuenta de que te has pasado una señal de aviso importante, entonces frenas e intentas enterarte de lo que la señal quería advertirte. Algo parecido experimenté al leer. “Fíjate: te llevo tatuada en la palma de mis manos” (Is 49, 14-16). Otras traducciones ponen: “llevo tu nombre grabado en las palmas de mi mano”. En cualquiera de ellas, la idea es realzar la importancia que tenemos cada uno para Dios.

Hacerse un tatuaje es doloroso, y la intención es que permanezca para siempre. Os invito a profundizar en esta frase que viene precedida por otras que destacan lo que significa el amor de todo un Dios por cada una de sus criaturas ” ¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”

Cuando tomé la resolución de profundizar en la fe que profeso, y decidí empezar a caminar en su senda, no alcanzaba a percibir, los obstáculos de los cuales muchos me habían hablado. Emprendí el camino, con la energía de quien descubre de verdad a Dios en su vida, ese encuentro, que hizo cambiar todo el rumbo de mis acciones y actuaciones.

Pero el camino era largo, llegaron los momentos de percatarse, de que las energías flaqueaban, de que se necesitaba repostar, de que la senda empezaba a ser rutinaria y tediosa, a veces con trayectos muy pedregosos y cuesta arriba, la oscuridad en muchas ocasiones superaba a la luz, el temor y el desaliento derrumbaban toda la fortaleza, que creía poseer.

Llegó la hora de descubrir, que, sin alimento, sin reflexión, sin paradas para beber y examinar la ruta, era difícil continuar. Se acabaron los consuelos, aparecieron las desolaciones, el miedo a estar equivocado y el peso de las incomprensiones. La fe de verdad, empezaba a ser probada. El momento de creer, sin ver ni sentir. Tocaba descubrir y valorar, el don de la fe y de la esperanza. Llegó el momento de amar, sin ver ni sentir, se ponía a prueba  la confianza en el Amado.

Es la fe lo que muchos no entienden, lo que va a contra corriente, lo que te aleja de los incrédulos, lo que te causa problemas en el trabajo, en el barrio, en el colegio, incluso en la familia. Es la fe lo que, en ocasiones, a mí mismo que me declaro católico practicante, me asalta con dudas y preguntas. Por la fe, el creyente es incomprendido, criticado, perseguido, ridiculizado, asesinado. San Pablo sintiendo que su partida era inminente dejó plasmada esta experiencia de lucha : “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo, 4,7)

Siempre me produce una gran alegría y consuelo, las palabras que Jesús dirigió a Santo Tomás: “Porque me has visto has creído, dichosos los que creerán sin haber visto” (Jn.19, 20-31). Ahí nos tenía presentes. Tú y yo estábamos entre esos dichosos, todos los que un día en su vida, serían capaces de afirmar: “Creo en Ti”, “Señor mío y Dios mío”. Cuando ese creer, entra en el corazón, y sale de él, se convierte en la sangre que fluye por nuestra alma, la que da vida a nuestro espíritu. La vida de la fe. Una humilde palabra para algo tan grande.

Empieza entonces todo. Encontrarse con el Amor, saber que está, que siempre nos acompañará. Él guiará todo nuestro obrar, entonces sentiremos el impulso de abrir de par en par nuestras puertas para que ocupe por completo nuestra casa. Los temores desaparecerán, el gozo reinará en lo más profundo de nuestro yo, y la oscuridad no logrará apagar la luz que llevamos. Los cristianos que en pleno siglo XXI sufren la persecución y el martirio en nuestro mundo de hoy, nos dan un gran testimonio de ello. Tenemos que pedir cada día al Señor, que seamos almas de Fe. ¡Es a veces tan frágil!...

A veces creemos que vivir la fe es aplicar una serie de normas y prácticas que en ocasiones pueden convertirse en fariseísmo. Uno empieza a entrar en Dios, cuando deja de hacer, y se deja hacer. No se trata de construir con buenas obras, eso lo hacen también los que no tienen fe. Nuestro corazón está lleno de nosotros mismos, lo ocupa un sinfín de cosas. Pues para encontrarse con Dios hay que ir dejando, hay que ir abandonando tantas cosas que pesan en nuestra alma..., mientras más livianos vayamos, más fácil llegar a la meta. Es entonces cuando sin nada podemos dejarnos llenar por TODO. ¿No es lo que hizo María en su “Hágase”?

Chesterton dejó escrito: "El hombre que tiene fe ha de estar preparado, no sólo a ser mártir, sino a ser un loco”. A veces no estamos lo bastante locos o somos demasiado cobardes para dar testimonio. No se puede vivir de adulto con la fe que teníamos en nuestra infancia y en ocasiones es lo que sucede, maduramos en todo menos en la vida del espíritu. Creemos, pero cada día hay que pedir que El aumente nuestra fe, esperanza y caridad; sino, imposible continuar. La súplica humilde y constante nos hará fuertes en la fe.

El mundo es completamente ajeno a Cristo y las incomprensiones y hostilidades son muchas, pero tenemos al mejor animador “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn.16,33) 


4 comentarios:

  1. Amen, hermano Angel, bienvenido a la renovación Carismática !

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  2. Ohhhhhhh maravillosa reflexión sobre la fe y el amor que Dios nos tiene!
    Las Sagradas Escrituras están llenas de expresiones en las que Dios nos dice que confiemos, que nos abandonemos, que seamos perseverantes, que no estamos solos. Y es que es verdad! A veces no lo terminamos de creer, nos resulta más tentador ser nosotros dueños de nuestra vida que confiársela a El, que es el dueño absoluto.
    Todo es don, todo es regalo, yo sólo tengo que sembrar, trabajar, confiar, agradecer, disfrutar... que el fruto ya lo producirá El.

    Un abrazo y gracias por compartir

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  3. Muchas, gracias., hermoso compartir, El abandono es el fruto delicioso del amor. Un gran abrazo fraterno.

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  4. Interesante entradapara leerla despacio y reflexionarla.Saludos

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