Gentlemen


¿Cómo hemos llegado a que la palabra “caballero” ya sólo se utilice en los grandes almacenes? A lo largo de los siglos, los hombres bien educados recibían instrucción, en todas las competencias que les eran propias, de cómo ser un buen soldado o cómo vestirse adecuadamente para una cena o un acontecimiento social. Eran verdaderos caballeros, perfectos gentlemen, correctos en el vestido, en los modales y en las formas, sin ningún tipo de afectación. Lamentablemente, muchos hombres de hoy consideran que esta manera de ser caballero linda con el amaneramiento, en fuerte contraste con el “macho” entendido como un ser grosero, propenso a eructar y a pasar toda su vida doméstica bebiendo latas de cerveza en calzoncillos.

Pero nuestros antecesores sabían que no había contradicción ninguna en tener una masculinidad berroqueña y poseer al mismo tiempo la gracia y el refinamiento de un auténtico caballero. No nos han faltado ejemplos de hombres que combinaron una hombría muy marcada con un comportamiento siempre adecuado a las pautas más caballerosas. Sabían cómo vestirse, arreglarse, asearse y comportarse para manejarse con igual soltura en una cena de Estado y en un campo de batalla. Y ese deseo de comportarse como un caballero en ningún caso ha estado restringido a las clases altas, a los hombres poderosos o alas grandes fortunas: durante la Segunda Guerra Mundial, el libro más solicitado por los soldados norteamericanos fue el clásico de Emily Post sobre buenas maneras, Etiquette.

Por desgracia, hoy son pocos los hombres que se han tomado su tiempo para cultivar con igual interés e intensidad el lado más primario y ese otro lado más refinado de su carácter. Y a veces cunde la sensación de que la raza del caballero está destinada a morir, a perecer en el desván donde se guarda la ropa vieja para olvidarla. Los modales respetuosos y lo que entendíamos por comportamiento decente y cabal se han visto sustituidos, en muchas ocasiones, por una especie de rudeza autosatisfecha y, generalmente, muy ruidosa. Se ve también en la moda, que temporada a temporada propone el desarreglo, las ropas arrugadas, demasiado ajustadas o demasiado poco ceñidas, o acaso los excesos del dandi, pero nunca se opta por la labor callada, discreta, portentosamente tradicional y sabia de los buenos sastres. Sin embargo, el decoro, tanto en el vestido como en el comportamiento, es la clave que más revela sobre el respeto que nos tenemos a nosotros mismos y el respeto que tenemos a los demás.

No hay que resignarse a que la situación siga siendo así. Ser un verdadero caballero implica mucho más que seguir un listado con cosas que hay que hacer y cosas que no hay que hacer. Implica una actitud franca, responsable y cordial del espíritu. Implica, como decía, tenerse un respeto a uno mismo y tener respeto a los demás. Hasta el más grosero de los hombres tiene oportunidades de mejora que le pueden llevar a convertirse en un perfecto gentleman. Y hay que ser conscientes de que comportarse como un caballero es clave para el éxito en todas las áreas de la vida: sólo de esta manera logrará uno el respeto de los compañeros de trabajo, la fidelidad de los amigos y la privilegiada atención de las mujeres
(El gran libro de los hombres – Brett y Kate McKay- Ignacio Peyró)

2 comentarios:

  1. Donde esté un caballero ya se pueden quitar el resto...... ese es mi gusto.Saludos

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  2. Como la TVE está sustituyendo la buena educación y no paramos de ver programas llenos de ordinarieces, gritos, insultos, incultura, etc etc... Ahora escribes un post así y parece que estás describiendo un ser obsoleto, de siglos pasados, vamos de los que ya no existen. Y aunque ciertamente escasean, aún quedan reductos, gracias a Dios. Y que no se pierdan!!!

    Un abrazo!

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