La oscuridad de la envidia


Jugando a uno de esos juegos de preguntas y respuestas que andan en numerosas aplicaciones para móvil, me apareció una que demandaba eliminar cuál de las palabras ofertadas era un pecado capital. Fue fácil responderla, pero como me ocurre en numerosas ocasiones, descubrí que Dios se sirve de cualquier trivialidad para que surja una reflexión personal. La respuesta correcta a la pregunta planteada por el juego era: “envidia”.


La envidia, uno de los siete pecados capitales. Dice el catecismo de la Iglesia Católica en su número 1866:” Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales. Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios". 

Investigando un poco sobre ello, descubro que la primera lista de los pecados capitales fue elaborada por un monje asceta llamado Evagrio Pontico hacia la mitad del 300 dc. Evagrio en su primera lista describió 8 pecados capitales “añadiendo” la tristeza y la vanagloria y omitiendo la envidia. A lo largo de los siglos, la tristeza se agrupó en la acidia y la vanidad en la soberbia, más tarde vino añadida la envidia y así han quedado hasta hoy los siete pecados capitales: Soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza.

Y es en el pecado de envidia donde quiero realizar mi reflexión. La encuentro sibilina total, escurridiza, traicionera, dañina…, como dirían algunos: “Que malaje tiene”. He oído chistes y bromas sobre los vicios capitales, incluso hasta parece enorgullecernos haber probado algunos de ellos, pero a lo que se refiere a la envidia, todo se oscurece, se calla, se oculta, se disimula. Me atrevería a decir que es el único vicio de los siete que no produce placer, sino todo lo contrario. La tristeza invade nuestro ser al dejarla entrar y actuar en nuestro interior, y es difícil domarla una vez se ha puesto en marcha, llegando en ocasiones a destruir lo impensable.

Es fácil confundir envidia con celos, pero existe una diferencia. La primera es un resentimiento hacia algo que alguien tiene que no me pertenece. La segunda es el miedo a que alguien me quite lo que ya tengo. La envidia es hija de la frustración, de un sentimiento ante la imposibilidad de realizarse, que se refleja en un odio destructivo hacia el otro. San Pedro Crisólogo decía: “El envidioso es verdugo de sí mismo y de su vecino”.

En esta sociedad competitiva que estamos creando, del éxito y la riqueza, del culto al cuerpo, de las ambiciones por llegar al poder, está creciendo más y más, le hemos abierto las puertas, sin importarnos lo que pueda llevarse por delante. No nos engañemos, la envidia es vil y cruel. Nace de la miseria interior, de compararse con los otros, juzgándolos por lo que son o tienen y también por lo que hacen. El envidioso es feliz cuando las cosas le salen mal a quien envidia, deseando que el dolor y la tristeza puedan oscurecer sus cualidades o disminuir la felicidad que consigue. No me equivocaría si digo que el envidioso, pretende la exclusividad de dones y cualidades, de posesiones, ¡y hay tantas posesiones anheladas!... No hablo solo de aquellas materiales… Todo esto nace de la incapacidad de renunciar al propio orgullo.

La envidia es un pecado capital porque al igual que el orgullo, conduce al excesivo amor a sí mismo a expensas del amor fraterno y del amor a Dios, creando así una gran posibilidad para que el mal actúe. A menudo la envidia se manifiesta en el chisme, en los rumores, se habla de los errores del otro, se critica sus omisiones, sus acciones, sus decisiones, en fin, ¡su vida entera! Mil ejemplos podrían llenar esta página. Envidia porque otro ha encontrado trabajo y yo no, envidia porque otro se ha comprado tal y cual, y yo no puedo, envidia porque otro ha viajado a las antípodas de mi lugar de residencia y yo me he quedado en casa sin poder dar un paseo por la plaza del centro. Envidia por los dones espirituales, envidia porque se tienen otros amigos y no somos exclusivos. Envidia porque han aprobado y yo he suspendido, envidia porque todo les sale bien y a mí todo mal… Creo que todos tenemos una lista en la que coincidiríamos con los miles de ejemplos que podríamos plasmar.

¿Qué puedo hacer para eliminarla de mi vida? Pues hablo por mi experiencia, que es lo único real que puedo aconsejar; por mí mismo no puedo hacer nada, por eso tengo que pedir ayuda a Dios. Rezar cada día para que nos conceda el don de la humildad, de la sencillez, de la alegría por todo lo que tenemos. Si nos fijamos detenidamente en todo lo que en nuestra vida recibimos y poseemos, nos daremos cuenta de que muchas veces lo nuestro vale también tanto o más, que aquello que envidiamos. Y lo más importante de todo, somos irrepetibles para Dios, somos amados infinitamente por él de forma singular. En el amor de Dios no caben ni los celos ni las envidias. Cuando uno lo percibe se da cuenta de que lo tiene todo. El amor siempre deja marca.

Termino con un texto del padre J.P. Manglano que leí hace unos días y que se puede aplicar a mi consejo, por si alguno experimenta la tentación de creer que sentirnos miserables ante nuestros actos nos aleja de ese amor único de Dios hacia cada uno de nosotros.

“Resulta paradójico. Cuanta más miseria le pueda presentar, cuanto más error y debilidad reconozca, más me amará Dios. Es como si uno se pudiese alegrar por la basura que encuentra en su interior. Porque sabe que hay un Padre que va a curar todas sus heridas, que las va a besar, que le va a animar y a respaldar, haciendo causa común con él. Este es el momento en el que descubre hasta qué punto le ama Dios, y es entonces cuando se abre y aprende a querer a su Dios”.

Y me atrevo a añadir: “Y quien ama a Dios de verdad, ama a los demás”. O al menos lo intenta.

5 comentarios:

  1. maravilloso,ese jesus tan misericordioso que me muestras en medio de mi indignidad

    ResponderEliminar
  2. Un hombre sentía una profunda envidia por su vecino; tanta, que no podía tener en su pensamiento ninguna otra cosa. Una mañana fue a pasear a la playa. El día era luminoso y apacible, con una suave brisa que acariciaba su rostro, pero él no era consciente de esto pues su mente estaba sumergida en la negrura de sus malas pasiones.

    De repente tropezó con algo brillante en la arena, lo descubrió con cuidado hallando una lámpara de aceite.

    "Puede tener algún valor", pensó. Así que se puso a frotarla para calibrar la calidad del material de que estaba hecha. En ese momento un enorme genio surgió del objeto.

    El hombre, tembloroso, lo miraba con ojos incrédulos.

    - Soy el genio de la lámpara -tronó aquel ser majestuoso-. Y por haberme liberado te concedo un único deseo. Te daré lo que tú quieras. Eso sí, has de saber que tiene una condición: aquello que me pidas se lo otorgaré duplicado a tu vecino.

    Tras un primer instante de desconcierto, el caminante se puso a darle vueltas a la cabeza, pero cuanto más pensaba, más crecía su angustia. Si pido un palacio el otro tendrá un doblemente mayor. Si diez coches fabulosos, el otro poseerá una flota de veinte todavía mejores. Si una mujer hermosa, la de él será insuperable. La zozobra lo recomía más y más. A punto estaba de enloquecer cuando una idea luminosa asomó a su mente.

    - ¡Ya lo tengo! -gritó exaltado-. ¡Ya lo tengo!

    - Muy bien, pues pídeme lo que quieres para que yo lo cumpla.

    - ¡Que me quede tuerto!

    ResponderEliminar
  3. Me ha encantado la reflexión y me ha servido para pararme a pensar que tengo que pedir al Señor humildad, además de todo lo que cada día le pido y adarle gracias por lo que sin pedírselo, me regala. Gracias Ángel.

    ResponderEliminar
  4. La envidia además de ser pecado capital es una malísima "compañera" pues hace muy infeliz a la persona que la padece.Una entrada para reflexionar y darnos cuenta de la gran misericordia de Dios para nosotros sus hijos.Saludos

    ResponderEliminar
  5. Hola Angelo...cuanto tiempo sin visitarte...
    me has ayudado...es la envidia tan corrosiva...uff, es de los pecados que atrapan y destrozan la alegria!!

    ResponderEliminar