Sin presencia, ni pasión


Hace unos meses visualicé una película que, cinematográficamente hablando, me pareció aburrida, anodina y de las que yo clasifico como malas, pero lo cierto es que la sinopsis de la misma si que llamó mi atención. El film lleva como título: “ Ingrid  Goes West”. La joven Ingrid se obsesiona con una 'influencer', una estrella de los medios sociales llamada Taylor Sloane que aparentemente tiene una vida perfecta. Así que cuando Ingrid decide abandonarlo todo y mudarse al oeste para tratar de ser amiga de Taylor, su comportamiento se vuelve cada vez más inestable, inquietante y peligroso.

Muchos de los jóvenes de hoy (y no tan jóvenes) podrían verse reflejados milimetricamente en la figura de Ingrid, donde su adicción por las redes llega a definir toda su vida. La bicicleta nueva que hemos comprado, el coche que adquiere mi padre, el logro obtenido con los puntos del juego de turno, los fracasos por no haber cogido a tiempo la foto ideal, el perro, el gato, la pareja, todo, absolutamente se distribuye en las redes. No logramos despegar nuestras manos del móvil, con un solo objetivo: compartir con el mundo lo que queremos que vean de nosotros. Todo para recibir con los dientes apretados un anhelado like  o un comentario que nos permita respirar al saber que ha gustado lo publicado.

Comentaba hace unos días con un amigo, que a este ritmo muchos niños y jóvenes se van a olvidar de escribir y de relacionarse cara a cara. Conversamos mejor por mensajes de texto, que sentados uno frente a otro tomando un refresco. Tenemos a nuestro alcance la inmediatez, la abreviatura como nunca, y los emoticonos, reemplazando cada vez más la forma de interactuar entre nosotros. Los tenemos para todo, para expresar nuestra alegría, tristeza, si estamos enojados, para aplaudir, corregir, o mostrar nuestro rubor. En esto se está convirtiendo la riqueza lingüística de tantos. Como bloguero, he comprobado en varias ocasiones ,como relaciones virtuales fluidas, al encontrarse cara a cara, el hielo se interpone, dificultando un encuentro donde fluya la relación que se supone debería haber con tantas cosas que se han compartido en la red, con la persona que ahora sí tenemos físicamente delante.

Buscamos las fotos, queremos los comentarios y los likes, ni nos enteramos de que son las tantas de la madrugada en el intercambio de mensajes, buscamos ávidamente a alguien en línea, empezamos a notar que nos asusta que nadie esté disponible porque ya no soportamos estar aislados.  “Cada vez hay en nuestro mundo menos “te quiero” pronunciados en persona y más TQM enviados a través de un ciberespacio sin presencia ni pasión”. (José Mª Olaizola – Bailar en la soledad).

Krysti Wilkinson, es una bloguera norteamericana que  en 2016 publicó una carta que se hizo viral , donde hablaba de las relaciones . La tituló “La gente de la segunda oportunidad”. Nos hace reflexionar sobre aquellos que quieren una relación, pero que no mueven un dedo por esforzarse en cuidarla. Aprovecho el post de hoy para compartirla con vosotros, seguramente por la difusión que tuvo en su momento algunos ya la conozcáis, pero vale la pena volver a releerla para aquellos que ya lo hayan hecho. 

«Queremos una segunda taza de café para las fotos que subimos a Instagram los domingos por la mañana, otro par de zapatos en nuestras fotos artísticas de pies. Queremos poner en Facebook que tenemos una relación para que todo el mundo pueda darle a "me gusta" y poner un comentario, queremos una publicación digna del hashtag #pareja perfecta. Queremos tener a alguien con quien ir de brunch los domingos, con quien quejarnos los lunes, con quien comer pizza los martes y que nos desee buenos días los miércoles. Queremos llevar acompañante a las bodas a las que nos inviten (¿Cómo lo habrán hecho? ¿Cómo habrán conseguido un felices para siempre?). Pero somos de la generación que no quiere relaciones.

Buceamos por Tinder en un intento de encontrar a la persona adecuada. Como si tratáramos de hacer un pedido a domicilio de nuestra alma gemela. Leemos artículos como Cinco maneras de saber que le gustas o Siete formas de gustarle, con la esperanza de ser capaces de moldear a una persona para tener una relación con ella, como si de un proyecto de artesanía que hemos visto en Pinterest se tratase. Invertimos más tiempo en nuestros perfiles de Tinder que en nuestra personalidad. Y aun así no queremos tener una relación.

Hablamos y escribimos mensajes de texto, mandamos fotos o vídeos por Snapchat y tenemos conversaciones subidas de tono. Salimos y aprovechamos la happy hour, vamos a tomar un café o a beber cerveza; cualquier cosa con tal de evitar tener una cita de verdad. Nos mandamos mensajes para quedar y mantener una charla insustancial de una hora solo para volver a casa y seguir manteniendo una charla insustancial mediante mensajes de texto. Al jugar mutuamente a juegos en los que nadie es el ganador, renunciamos a cualquier oportunidad de lograr una conexión real. Competimos por ser el más indiferente, el de la actitud más apática y el menos disponible emocionalmente. Y acabamos ganando en la categoría el que acabará solo.

Queremos la fachada de una relación, pero no queremos el esfuerzo que implica tenerla. Queremos cogernos de las manos, pero no mantener contacto visual; queremos coquetear, pero no tener conversaciones serias; queremos promesas, pero no compromiso real; queremos celebrar aniversarios, pero sin los 365 días de esfuerzo que implican. Queremos un felices para siempre, pero no queremos esforzarnos aquí y ahora. Queremos tener relaciones profundas, pero sin ir muy en serio. Queremos un amor de campeonato, pero no estamos dispuestos a entrenar.

Queremos alguien que nos dé la mano, pero no queremos darle a alguien el poder para hacernos daño. Queremos oír frases cutres de ligoteo, pero no queremos que nos conquisten... porque eso implica que nos pueden dejar. Queremos que nos barran los pies, pero, al mismo tiempo, seguir siendo independientes y vivir con seguridad y a nuestro aire. Queremos seguir persiguiendo a la idea del amor, pero no queremos caer en ella.

No queremos relaciones: queremos amigos con derecho a roce, "mantita y peli" y fotos sin ropa por Snapchat. Queremos todo aquello que nos haga vivir la ilusión de que tenemos una relación, pero sin tener una relación de verdad. Queremos todas las recompensas sin asumir ningún riesgo, queremos todos los beneficios sin ningún coste. Queremos sentir que conectamos con alguien lo suficiente, pero no demasiado. Queremos comprometernos un poco, pero no al cien por cien. Nos lo tomamos con calma: vamos viendo a dónde van las cosas, no nos gusta poner etiquetas, simplemente salimos con alguien.

Cuando parece que la cosa empieza a ir en serio, huimos. Nos escondemos. Nos vamos. Hay muchos peces en el mar. Siempre hay más oportunidades de encontrar el amor. Pero hay muy pocas de mantenerlo hoy en día...

Esperamos encontrar la felicidad. Queremos descargarnos a la persona perfecta para nosotros como si fuera una aplicación nueva; que puede actualizarse cada vez que hay un fallo, guardarse fácilmente en una carpeta y borrarse cuando ya no se utiliza. No queremos abrirnos; o, lo que es peor, no queremos ayudar a nadie a abrirse. Queremos mantener lo feo tras una portada, esconder las imperfecciones bajo filtros de Instagram, ver otro episodio de una serie en vez de tener una conversación real. Nos gusta la idea de querer a alguien a pesar de sus defectos, pero seguimos sin dejarle ver la luz del día a nuestro auténtico yo.

Sentimos que tenemos derecho al amor, igual que nos sentimos con derecho a un trabajo a jornada completa al salir de la universidad. Nuestra juventud repleta de trofeos nos ha enseñado que, si queremos algo, merecemos tenerlo. Nuestra infancia rebosante de películas Disney nos ha enseñado que las almas gemelas, el amor verdadero y el felices para siempre existen para todos. Y por eso no nos esforzamos ni nos preguntamos por qué no ha aparecido el príncipe o la princesa azul. Nos cruzamos de brazos, enfadados porque no encontramos a nuestra media naranja. ¿Dónde está nuestro premio de consolación? Hemos participado, estamos aquí. ¿Dónde está la relación que merecemos? ¿Dónde está el amor verdadero que nos han prometido?

Queremos a un suplente, no a una persona. Queremos un cuerpo, no una pareja. Queremos a alguien que se siente a nuestro lado en el sofá mientras navegamos sin rumbo fijo por las redes sociales y abrimos otra aplicación para distraernos de nuestras vidas. Queremos mantener el equilibrio: fingir que no tenemos sentimientos, aunque seamos un libro abierto; queremos que nos necesiten, pero no queremos necesitar a nadie. Nos cruzamos de brazos y discutimos las reglas con nuestros amigos, pero ninguno conoce el juego al que estamos intentando jugar. Porque el problema de que nuestra generación no quiera relaciones es que, al final del día, sí que las queremos».

¡Que tengáis un feliz día!

6 comentarios:

  1. tan real ...queremos casi dos vidas y lo triste que la virtual se esta comiendo lo cotidiano ,lo simple,lo humano...

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    1. Y no nos estamos dando cuenta, porque siempre pensamos que no nos toca o que queda lejano el momento de sufrir las consecuencias. Gracias Mariana por tu comentario. Un abrazo

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  2. Cuantas verdades dices, así es nuestra triste realidad que de no cambiar vamos al desatre.Un saludo

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    1. Yo soy optimista, creo que hay un resurgir juvenil que poco a poco va colocando las cosas en su sitio, empieza a experimentar los desengaños, la soledad, el vacío. Lo importante es que los que nos damos cuenta de todas estas consecuencias, nos mantengamos firmes y mostremos con nuestra experiencia y testimonio el valor de la cercanía, del cara a cara, del contacto físico, de no escondernos tras una pantalla. Gracias Charo. Un beso

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  3. Muy cierto.
    Faltan valores quizás?
    Que solución o q dirías a todos los jóvenes q reaccionan así com has explicado. ?

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    1. Menxu me alegra mucho que hayas entrado a dejarnos tu aportación en este y otros post anteriores que me han llegado. Gracias por ello. Yo no puedo tener la solución, ni la varita mágica para solucionar las heridas y taras que esta sociedad tiene desde hace tiempo. Como comentaba arriba, lo que sí creo es que debemos retomar los valores morales que siempre ayudan al ser humano a crecer. Fomentar las relaciones amistosas, compartir el hablar y escuchar, poder ver la mirada del otro en la que tantas veces podemos captar tantas cosas. Y sobre todo tener conciencia de que las cosas están al servicio del hombre y no al revés. Lo dicho. El ejemplo y el testimonio la mejor medicina. Un abrazo Menxu

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