Uso cookies para darte un mejor servicio.
Mi sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Acepto Leer más

No está ausente

 


2020 se acaba, con la impresión para muchos de haber sido un año maldito, un año en el que la inmensa mayoría desea desprenderse, con la esperanza puesta en un 2021 mejor. Parece haber sido el único protagonista del año transcurrido, el que sin clemencia se ha colado en todas las rendijas posibles de nuestras vidas, en el cuerpo y en el alma. El último día del año, el Covid 19 insiste en derrotar cualquier ilusión y esperanza.

Leemos en el libro del Apocalipsis : “Y uno de los ancianos me dijo: «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿Quiénes son y de dónde han venido?». Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás». Él me respondió: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. (Apocalipsis 7, 13)

Atravesar “una gran tribulación” También nosotros nos encontramos aún dentro de ella, desencadenada por el virus, que nos cogió por sorpresa y que nos tiene todavía en alarma.  El Covid está siendo una dura prueba, que en poquísimos días, derrumbó el equilibrio y los hábitos que nos ofrecían seguridad. Nos hemos encontrado confundidos, desorientados, perdidos como si de un naufragio se tratara. Seguimos encontrándonos dentro de “una gran tribulación” que pone a prueba nuestra serenidad interior, la espontaneidad en los encuentros, los equilibrios dentro de las familias, las garantías laborales y económicas, cualquier proyecto y programa para el futuro.

Para nosotros los creyentes , también hemos notado sacudidos nuestros cimientos de fe, la Iglesia ha visto interrumpida de forma brusca cualquier forma de vida comunitaria como nunca antes había sucedido. Gracias a los avances tecnológicos la forma virtual ha tenido que implantarse en la mayoría de los casos para vivir los sacramentos desde la distancia y las dispensas. Todo parece haberse convertido en incierto, teniendo que vivir al día.

Estamos dentro de un tiempo de tribulación, en la que se pone a prueba nuestra débil fe, y que quiere sacarnos del entumecimiento espiritual. Nos pone un poco, como los apóstoles cuando fueron salvados por Jesús en el lago durante la tormenta. Se sentían abandonados por Jesús dentro de una barca frágil para afrontar aquel vendaval. Pero Él estaba cuidando de ellos, poniendo a prueba su fe.

Esta pandemia es parecida a una tormenta que destruye todos nuestros puntos de referencia, nuestras seguridades. Dentro de ella, experimentamos que Jesús nos está pidiendo, como a Pedro, renovar nuestra fe en Él, aún si parece difícil encontrar su mano para agarrarnos. Creer en Él significa precisamente eso, no tener otra seguridad que su mano extendida hacia nosotros. La misión de cualquier cristiano es señalar a Jesús, crucificado y resucitado. Él que derramando su sangre nos inunda con su Amor. De este Salvador tiene necesidad el mundo de hoy, probado en el cuerpo de la pandemia y en el agotamiento espiritual y moral, aún más corrosivos.


Pienso en los dos discípulos de Emaús, convencidos de que no habían encontrado a Jesús y por ello su desilusión y la tristeza que se apoderó de sus corazones. Cada persona hace experiencia de tristeza cuando ve caer en la nada su esperanza puesta en las personas, proyectos, promesas. Pero hay una tristeza particular similar a la de los discípulos de Emaús, y es la poca fe. Todos la experimentamos en algún momento. Al leer sobre Jesús o al oír hablar de él no nos  toca el corazón, podemos presentarlo incluso a los otros, pero advirtiendo en nosotros un sentido de rutina, de cansancio, como si habláramos de alguien que se ha convertido en extraño y eso es un signo de que se está produciendo una distancia espiritual. Nuestra relación de fe y de amor con Jesús se ha debilitado. Esto deja en nosotros un vacío sepulcral. También nos hemos convertido en “ necios y torpes para creer” (Lc 24,25)

La prueba de la pandemia puede hacernos encontrarnos con la verdad dentro de nosotros y advertirnos de que tal vez se ha posado en nuestro corazón el cansancio y la tristeza en la fe. Si así fuera es el tiempo de un despertar espiritual. Se puede caminar con Jesús y no darse cuenta de ello. Le sucedió  a los dos de Emaús, los cuales deseaban encontrar a su Maestro pero no lo reconocieron.

Puede que también nosotros estemos miopes. Tener signos de la presencia de Jesús en nuestra vida y no reconocerlo. Si no estamos iluminados por la fe, podemos leer las Sagradas Escrituras, pero como un libro más. Participar en la celebración eucarística pero sin ser conscientes de que Jesús está realmente presente con su Cuerpo y Sangre; encontrar pobres y enfermos pero sin ver en ellos el rostro de Cristo. Sin la fe, Jesús resucitado resulta un “extraño” o peor aún, se revela como un ausente. Tal vez en este tiempo de pandemia más de uno hayamos experimentado ese camino aciago.

Quisiera acabar mi mensaje con esa esperanza que la fe siempre nos trae para aquellos que confían. No es nuevo, de hecho lo he compartido más de una vez en el blog. Debemos salir de nosotros mismos, volcarnos en los demás porque es donde el amor encuentra su plenitud. Podremos culpar al Covid 19 de muchos y dolorosos acontecimientos, pero  el Amor vence todo. Un año más os dejo con la oración de Santa Faustina Kowalska como guía para el 2021. ¡Ánimo, Él está con nosotros!

Oh Señor, deseo transformarme todo en tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti

Que tu insondable Misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame , oh Señor

Haz que mi ojos, sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias,

si no que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.

Ayúdame, Oh Señor

a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo,

y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, Oh Señor

a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, si no que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, Oh Señor,

a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer solo el bien a mi prójimo, y cargue sobre mí, las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame, Oh Señor

a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio.

Ayúdame, Oh Señor

a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo, a nadie le rehusaré mi corazón, seré sincero incluso con aquellos de los cuales, sé abusarán de mi bondad, y yo mismo me encerraré en el Misericordiosísimo Corazón de Jesús , soportaré mis propios sufrimientos en silencio.

Que tu Misericordia, Oh Señor mío, repose dentro de mí

¡Jesús confío en Ti!



 

También puede gustarte

7 comentarios

  1. He perdido demasiado con esta terrible pandemia pero gracias a Dios la esperanza sigue a mi lado y no me abandona. Le doy Gracias a Dios por la fuerza que me da para poder afrontar mi realidad y me uno a tu oración.Saludos y FELIZ AÑO NUEVO

    ResponderEliminar
  2. Para nuestra fortuna así es.
    Un abrazo Angelo.

    ResponderEliminar
  3. Te cuento: el otro día se me murió mi cachorro y yo no estaba para muchas historias. Fui a misa porque toco el órgano y canto. Y decidí solamente ir pero no estar. O sea, que yo toqué, porque eso no se puede disimular, pero canté en tono normal y no participé de la misa más. Estuve callada. Cansada y aburrida de todo y pensando en la chorrada que es creer.
    También razoné que había una señora pidiendo a la puerta. Tiene móvil. Me planteé ponerme yo a la puerta a ver si me caía algo. El 21 murió mi perro, y aún tengo que pagar los gastos de su enfermedad a la veterinaria. El día 2 murió el cachorro que teníamos hace 5 días.
    Para colmo, la gente ni siquiera me preguntó que qué me pasaba. Me fui de la iglesia con un sofocón importante, pensando que si colocaran un robot, les daría igual.
    Así que ayer, no fui a la iglesia, por hartazón. Y me encontré con una parroquiana que me dijo:¿No vas a misa? Nos alegras la misa. Y yo contesté: Pues me contratáis y ya está. Si me pagan voy todos los días y alegro la vida a más gente.
    Os cuento que el oír a la gente rezar me sirvió para reflexionar

    ResponderEliminar
  4. Gracias por esa hermosa imagen de Jesus sonriendo ¿de donde es? y por la oración

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es una obra del pintor Greg Olsen. Un saludo y gracias por el comentario

      Eliminar

Te invito a dejar tu opinión .Sepamos ofrecer lo mejor de nosotros. Bienvenida la crítica, acompañada siempre de la cortesía.